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Otra vez Issunboshi llamó: "Aquí estoy, al lado de
los zapatos."
El hombre miró hacia los zapatos y por fin vió a Issunboshi,
jamás vió alguien tan pequeño. El hombre se
agachó, recojió al chiquitito y le puso en la mano,
mirándole con gran interés. Al fin, le llevó
al cuarto de la princesa. Allí, Issunboshi bailó y
cantó con tanta gracia que todos en el cuarto se encantaron
de él. En particular a la princesa le gustó tanto
este niñito de tamaño dedo que decidió mantenerle
siempre con ella.
Issunboshi continuó a vivir en la gran casa del señor,
como ayudante de la princesa: cuando ella leía, él
daba vuelta a las paginas; cuando ella practicaba la caligrafía,
él le hacía la tinta.
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A la misma vez, Issunboshi practicaba
la esgrima con la aguja. Issunboshi siempre permanecia al lado de
la princesa, y ella simpre lo llevaba durante su paseo.
Un día al regreso a casa después
de visitar el templo Kiyomizu un bandido la atacó y trató
de secuestrarla, pero Issunboshi la acompañaba y en voz alta
exclamó: "¡Déjala en paz! ¡Yo, Issunboshi, estoy aquí!
¡Cuídate, maldito!"
El bandido al ver el pequeñito Issunboshi se puso a reir:
"¿Tú, enanito? ¿Qué me vas a hacer, morderme el tobillo?
Y, ¡se lo tragó! Pero Issunboshi era bravo. Le hincó
la aguja en el estómago y siguió incándole
con toda su fuerza mientras subía la garganta.
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