Pedro había ido
de vacaciones a casa de su abuelo, a una preciosa granja junto
al bosque. Tenía a su disposición todos los juguetes que quisiera,
el jardín y el patio estaban llenos de simpáticos animales con
los que divertirse. El abuelo sólo le había prohibido pasar
de la valla que daba al bosque, porque afuera estaba el lobo,
precisamente era allí a donde quería ir Pedro.
Un día el abuelo olvidó cerrar la verja. El niño se dio cuenta
y se escabulló por allí. Lo siguió un pato, que aprovechó
para irse a bañar en el arroyo bajo el abedul- Un petirrojo
lo vio y le dijo: "¿Qué clase de ave eres que ni siquiera
sabes volar?". "¿Y tu qué clase de ave eres
que ni siquiera sabes nadar?", contestó el pato, enfadado.
Empezaron a discutir. El gato los oyó y se acercó pensando
en darse una comilona. Pero Pedro se dio cuenta y dio la alarma:
el petirrojo voló hasta la copa del abedul y el pato hizo
huir al gato a picotazos. Pero el alboroto hizo acudir también
al abuelo, que cogió al nieto y se lo llevó a casa.
"¿Qué habrías hecho si hubiera aparecido el lobo?", le reprendió.
"Yo no tengo miedo del lobo", presumió Pedro.
El lobo realmente apareció para comerse alguno de los animales
que habían quedado afuera. El petirrojo se salvó volando hasta
una rama del abedul, pero el pato acabó en la panza de la
fiera de un solo bocado.